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Es un error pensar que las polÃticas de RSC son únicamente patrimonio de las épocas de bonanza económica. En épocas de crisis pueden (e incluso deben) utilizarse para estimular la productividad de los trabajadores que se queden, transmitirles un mensaje de tranquilidad dentro de la intranquilidad y conseguir que la imagen de empresa (tanto interna como externa) se deteriore lo menos posible.
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Hay que desterrar la idea de que adoptar una polÃtica de RSC se debe a que la empresa es “buena”. Una empresa no es una ONG. Su objetivo es generar beneficios. No se trata de dar por dar a los empleados, sino de implantar medidas que generen un beneficio mutuo (para ellos y para la empresa). De nada sirve adoptar un paquete generoso de medidas de RSC si la empresa no va a ser capaz de mantenerlas o, al final, los resultados no acompañan y hay que despedir o incluso cerrar.
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De la misma forma, tampoco debe verse exclusivamente a la RSC como una forma de ganar más dinero o un modo de hacer publicidad o marketing de cara al exterior (venderse como una empresa socialmente responsable únicamente para captar talento o para diferenciarse de la competencia). Para que la RSC funcione (genere beneficios para ambas partes: empresa y trabajadores) debe verse como un camino hacia un fin: el camino es conseguir mejoras que faciliten la realización del trabajo, implantar polÃticas de flexibilidad, autogestión del tiempo… y el fin es ser más productivos y rentables (cuanto menos hostil y más propicio para el empleado sea el clima laboral más rendimiento tendrá ese empleado). En definitiva, ser una empresa “responsable” también significa ser una empresa rentable.
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No pueden implantarse (o dejar de hacerlo) medidas de RSC únicamente en función de la época económica. Para que la RSC tenga éxito debe integrarse en el modelo de negocio de la empresa, formar parte de la estrategia global de la organización y ser un valor corporativo más. Otra cosa es que, en tiempos de dificultades, se prioricen las medidas y haya que apostar por las que no supongan un coste para la empresa o su coste sea mÃnimo (por ejemplo: jornada continuada, teletrabajo, autogestión del tiempo)…
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Es un grave error pensar que, por la crisis, ya no hay “guerra por el talento” y, por eso, olvidar las polÃticas de RSC: es cierto que hay más demanda pero, ¿qué tipo de demanda? Recibir más currÃculums no significa necesariamente tener los mejores candidatos para el puesto. Los jóvenes talentos siguen teniendo un hueco en el mercado y para ellos las polÃticas de conciliación, flexibilidad… que forman parte de la RSC siguen siendo igual de importantes.
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Cualquier empresa, independientemente de su tamaño o sector de actividad, puede ser socialmente responsable. De lo que se trata es de adoptar una polÃtica de RSC que se adecúe a las necesidades de cada empresa y de sus empleados. En función se esas necesidades se debe diseñar un paquete de medidas que responda a los intereses de los grupos de interés que se definan (empleados, clientes, proveedores, accionistas…).
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En definitiva, apostar por la RSC puede ser una decisión inteligente, pero hay que tener en cuenta que no se puede pasar de cero a 100, es decir, que adoptar medidas de responsabilidad social corporativa supone un esfuerzo para la empresa y un cambio de mentalidad tanto por parte de la alta dirección como de los mandos intermedios y superiores y hasta el último operario. Si su empresa se plantea incorporar la RSC como un valor estratégico de negocio es aconsejable que se lo plantee como un objetivo a medio-largo plazo y que las medidas de RSC que se adopten sean acordadas con los empleados y, sobre todo, que éstos entiendan el impacto de esas medidas (por qué son beneficiosas para ellos, por qué la empresa ha decidido apostar por la RSC y qué espera conseguir su empresa con las medidas implantadas).







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